Sois muchos los que, a través del email y redes sociales, me habéis preguntado por la influencia de los medios de pago en el proceso de compra. Y como la razón de este o cualquier blog son sus lectores, escribo este post sobre ese tema.
En Brain Topography en el año 2000, se publicaba el estudio: "Real time of processing of effective and cognitive stimuli in the human brain extracted from MEG signals".
En dicho estudio, los investigadores entregaron una cantidad en efectivo a cada participante en la prueba. Les dijeron que podían gastar el dinero o no. En caso de gastarlo, debían decidir en qué.
Mientras se le mostraban imágenes de posibles compras con sus precios, se observaba su actividad cerebral.
Se prestó especial atención a las zonas relacionadas con el placer, la recompensa y el dolor. Concluyendo que el pago con tarjeta de crédito u otras formas que no supongan desprenderse de billetes o monedas (cash) minimizan el dolor, dado que se observaba una actividad menos intensa en la ínsula (relacionada con este sentimiento).
Es por eso que muchas grandes superficies que poseen medios de pago propios, incentivan el uso de estas tarjetas frente al pago en efectivo. Además del beneficio que obtienen por los intereses que, a veces, estas les generan, estas formas de pago hacen que el cliente sienta que no se está desprendiendo de dinero, pues no ven el efectivo salir de su bolsillo.
Otras formas de pago, como PayPal o el casi inminente pago por NFC con el smartphone, es de esperar que tengan un efecto parecido al de las tarjetas de crédito.
Si hablamos de compra por impulso, el momento del pago, muchas veces, termina con esta venta. Cuando vemos que tenemos que desembolsar una determinada cantidad, es justo cuando nos empezamos a plantear si merece la pena o no.
Por eso es frecuente que, productos sensibles de ser comprados por impulso en determinadas campañas, pero que tienen un precio alto, sean incentivados con un descuento extra si se emplea la tarjeta de la gran superficie en cuestión.
Con esta estrategia de la rebaja adicional consiguen que muchos, empleando la tarjeta, no empecemos a plantearnos la conveniencia de la compra. Por tanto consiguen en productos de precio medio-alto, el mismo efecto que con productos de precio bajo.
Cuando estamos en la caja del super y vemos chicles a 1 euro, los compramos y no nos planteamos su conveniencia porque al ser el precio bajo, el "dolor" que nos provoca es pequeño. Sin embargo cuando se trata de artículos de 100 euros, o 200, en el momento del pago comienza el dilema. Por eso lo incentivan con un descuento adicional al pagar con tarjeta. Así, no vemos salir el dinero de nuestras manos y muchos no nos planteamos si merece la pena o no.
Saben perfectamente que el precio es uno de los factores que paran la compra por impulso de estos productos y tratan, reduciendo este lo menos posible, que no lo percibamos, pues la venta, como he comentado muchas veces, es una cuestión de percepciones.
miércoles, 27 de marzo de 2013
miércoles, 13 de marzo de 2013
Neuromarketing: mejorar ventas entendiendo al que compra
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Vivimos en una contínua caída del consumo. Por eso, necesitamos que las ventas sean más efectivas. Esto es, hablando en términos de marketing, mejorar la tasa de conversión. Que se vuelvan ventas reales el mayor número posible de ventas potenciales.
Por Internet circula una frase que dice que en tiempos de bonanza era suficiente con despachar, pero en la actualidad no es bastante, es necesario vender. Atraído por esa frase con la que, por cierto, no estoy de acuerdo en absoluto. Me propuse descubrir la influencia real del tradicional dependiente en el comportamiento del consumidor.
Como siempre en estos estudios contando con los habituales colaboradores psicólogos, neurólogos, antropólogos y especialistas en marketing, conformando así un equipo multidisciplinar en neuromarketing.
No es lo que la estadística o la probabilidad nos dice, sino lo que el consumidor nos cuenta sin palabras. Con su comportamiento no consciente. Por ello es necesario este equipo. Por ello es necesario, también, emplear sistemas que nos permitan medir de forma objetiva la reacción de los compradores.
Empleamos en este caso cuatro herramientas combinadas. Un eye-tracker que nos permite medir el movimiento de los ojos del sujeto. Así sabemos qué mira en cada momento. La anterior la combinamos con un electroencefalógrafo (EEG) que mide actividad cerebral y una pulsera que mide el pulso y la conductancia de la piel (GSR). También cámaras para tener una visión global del establecimiento.
Uno de los objetivos de este estudio era evaluar cómo influye en la venta el comportamiendo de los dependientes. Trabajamos en una tienda de moda para mujer con un target entre los 25 y los 40 años. Sin que los clientes hubiesen interactuado con ningún otro empleado, estudiamos las mediciones de las herramientas mientras estaba en cola y en el momento del pago.
Alguno podría pensar que la venta está hecha, el cliente ya tiene la prenda y se dispone a pagar. Para qué estudiar este caso. Nada más lejos de la realidad. No olvidemos que los comercios, por ley, ofrecen un período para devolver la compra. ¿Influirá la actitud de la persona que cobra en que el cliente devuelva o no el producto días más tarde? Sí, sí que influye y mucho.
En este tipo de comercios un número significativo de compras se hacen por impulso. Lo veo, lo quiero, me lo llevo. En este tipo de compra, en el momento del pago, sobre todo si este es en efectivo, es cuando aparece el llamado "remordimiento". Los eye trackers registran que el cliente busca evadir la mirada a los ojos del dependiente. Posiblemente buscando huir instintivamente de una reprimenda por haber comprado algo que no necesitan. Curioso, porque el dependiente nunca hará eso, pero los instintos no son controlables y no responden a razón alguna.
Es más, con el mismo cliente, comprando impulsivamente, en los casos en los que el dependiente tenía una actitud más maternal, dando motivos que justifiquen la compra, observamos en las mediciones una disminución del ritmo cardiaco y activación en las zonas de recompensa en el cerebro del cliente. El dependiente puede, con su actitud, calmar ese efecto remordimiento disminuyendo la cantidad de devoluciones de la venta.
Sin embargo, en aquellas ocasiones en las que el dependiente tenía una actitud indiferente con el comprador, el ritmo cardíaco se aceleraba, la "sudoración" se mantenía, incluso aumentaba. Las mediciones del EEG indicaban que lejos de activarse las zonas de recompensa, se activaban zonas relacionadas con el rechazo.
El cliente estaba empezando a arrepentirse de la compra en el momento del pago y el vendedor, simplemente, había sido indiferente con él. Se había limitado a cobrar. La mayoría de estas prendas terminaban devueltas en un turno diferente a quien le había atendido. Algunos, incluso, al ver al dependiente buscaban otra caja con otro empleado para hacer la devolución.
Moraleja, si queremos mejorar la tasa de conversión de ventas la actitud del personal de venta es esencial. Deben ser activos. La simple indiferencia, limitarse a cobrar, no solo no mejora la tasa de conversión, es que hace que perdamos ventas. En otros posts hablaré sobre la actitud correcta del que vende para contribuir al aumento de ventas, que es otro de los aspectos que trabajamos en este estudio.
Decía al principio decía que no me gustaba esa frase que dice que en tiempos de bonanza era suficiente con despachar. La indiferencia mata la tasa de conversión en tiempos de bonanza y en tiempos de crisis. Vender sí, despachar nunca.
¿Seguimos hablando en Twitter?: @joseruizpardo
Vivimos en una contínua caída del consumo. Por eso, necesitamos que las ventas sean más efectivas. Esto es, hablando en términos de marketing, mejorar la tasa de conversión. Que se vuelvan ventas reales el mayor número posible de ventas potenciales.
Por Internet circula una frase que dice que en tiempos de bonanza era suficiente con despachar, pero en la actualidad no es bastante, es necesario vender. Atraído por esa frase con la que, por cierto, no estoy de acuerdo en absoluto. Me propuse descubrir la influencia real del tradicional dependiente en el comportamiento del consumidor.
Como siempre en estos estudios contando con los habituales colaboradores psicólogos, neurólogos, antropólogos y especialistas en marketing, conformando así un equipo multidisciplinar en neuromarketing.
No es lo que la estadística o la probabilidad nos dice, sino lo que el consumidor nos cuenta sin palabras. Con su comportamiento no consciente. Por ello es necesario este equipo. Por ello es necesario, también, emplear sistemas que nos permitan medir de forma objetiva la reacción de los compradores.
Empleamos en este caso cuatro herramientas combinadas. Un eye-tracker que nos permite medir el movimiento de los ojos del sujeto. Así sabemos qué mira en cada momento. La anterior la combinamos con un electroencefalógrafo (EEG) que mide actividad cerebral y una pulsera que mide el pulso y la conductancia de la piel (GSR). También cámaras para tener una visión global del establecimiento.
Uno de los objetivos de este estudio era evaluar cómo influye en la venta el comportamiendo de los dependientes. Trabajamos en una tienda de moda para mujer con un target entre los 25 y los 40 años. Sin que los clientes hubiesen interactuado con ningún otro empleado, estudiamos las mediciones de las herramientas mientras estaba en cola y en el momento del pago.
Alguno podría pensar que la venta está hecha, el cliente ya tiene la prenda y se dispone a pagar. Para qué estudiar este caso. Nada más lejos de la realidad. No olvidemos que los comercios, por ley, ofrecen un período para devolver la compra. ¿Influirá la actitud de la persona que cobra en que el cliente devuelva o no el producto días más tarde? Sí, sí que influye y mucho.
En este tipo de comercios un número significativo de compras se hacen por impulso. Lo veo, lo quiero, me lo llevo. En este tipo de compra, en el momento del pago, sobre todo si este es en efectivo, es cuando aparece el llamado "remordimiento". Los eye trackers registran que el cliente busca evadir la mirada a los ojos del dependiente. Posiblemente buscando huir instintivamente de una reprimenda por haber comprado algo que no necesitan. Curioso, porque el dependiente nunca hará eso, pero los instintos no son controlables y no responden a razón alguna.
Es más, con el mismo cliente, comprando impulsivamente, en los casos en los que el dependiente tenía una actitud más maternal, dando motivos que justifiquen la compra, observamos en las mediciones una disminución del ritmo cardiaco y activación en las zonas de recompensa en el cerebro del cliente. El dependiente puede, con su actitud, calmar ese efecto remordimiento disminuyendo la cantidad de devoluciones de la venta.
Sin embargo, en aquellas ocasiones en las que el dependiente tenía una actitud indiferente con el comprador, el ritmo cardíaco se aceleraba, la "sudoración" se mantenía, incluso aumentaba. Las mediciones del EEG indicaban que lejos de activarse las zonas de recompensa, se activaban zonas relacionadas con el rechazo.
El cliente estaba empezando a arrepentirse de la compra en el momento del pago y el vendedor, simplemente, había sido indiferente con él. Se había limitado a cobrar. La mayoría de estas prendas terminaban devueltas en un turno diferente a quien le había atendido. Algunos, incluso, al ver al dependiente buscaban otra caja con otro empleado para hacer la devolución.
Moraleja, si queremos mejorar la tasa de conversión de ventas la actitud del personal de venta es esencial. Deben ser activos. La simple indiferencia, limitarse a cobrar, no solo no mejora la tasa de conversión, es que hace que perdamos ventas. En otros posts hablaré sobre la actitud correcta del que vende para contribuir al aumento de ventas, que es otro de los aspectos que trabajamos en este estudio.
Decía al principio decía que no me gustaba esa frase que dice que en tiempos de bonanza era suficiente con despachar. La indiferencia mata la tasa de conversión en tiempos de bonanza y en tiempos de crisis. Vender sí, despachar nunca.
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miércoles, 27 de febrero de 2013
El mito y la realidad de la publicidad subliminal
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Todos, tanto los que nos dedicamos al marketing como los que no, hemos oído hablar alguna vez de publicidad subliminal.
Spots publicitarios en los que, supuestamente, se introducen mensajes que el espectador percibe de manera inconsciente y que le invitan a consumir un determinado producto. El comprador consume estos artículos y nunca llega a tomar conciencia de qué o quién le ha incitado a ello.
La publicidad subliminal está en boca de todos desde los años sesenta. Incluso hay quien confunde el neuromarketing con este tipo de publicidad o con estudios de cómo conseguirlo.
Nada más lejos de la realidad. El neuromarketing no estudia la publicidad subliminal, entre otras cosas, porque este tipo de publicidad no existe, es un mito.
En los años 60, J. McDonald Vicary dijo haber introducido, de forma subliminal, las frases "come palomitas" y "bebe Coca-Cola" durante la emisión de una película. Según lo publicado, aumentaron las ventas de ambos productos durante la emisión. Casi un 20% la de palomitas y más de un 50% las del refresco decían.
El impacto de esta noticia fue tal que el gobierno de los Estados Unidos prohibió esta práctica. Incluso en España está prohibida por la Ley General de Publicidad.
En 1962 el propio McDonald reconoció que todo había sido un montaje y que los datos mostrados fueron una manipulación. Eran falsos. Nunca insertó esos mensajes en la emisión del filme. Pero la leyenda corrió a tal velocidad que la realidad pasó desapercibida.
Cierto es que, a día de hoy, nadie ha demostrado que no se pueda conseguir un aumento de consumo con publicidad subliminal. Pero tampoco se ha demostrado lo contrario. Es decir, no tenemos una demostración científica de que la publicidad subliminal funcione. Pero tampoco tenemos una empírica. O sea, que en los experimentos llevados a cabo y publicados hasta el momento, en ninguno se ha demostrado que introduciendo mensajes subliminales aumente el consumo.
Lo que sí que es cierto es que mucha gente piensa que es posible, incluso que las marcas lo emplean. Ignorando que, incluso a pesar de no estar demostrado su efecto, la ley prohibe explicitamente este tipo de prácticas.
Y es que una cosa es tratar de enviar un mensaje subliminal. Y otra muy distinta es que sea percibido, aunque sea incoscientemente. Y mucho menos que se pueda alterar la conducta de un individuo por este tipo de mensajes.
La realidad es que la publicidad subliminal es uno más de esos mitos y leyendas populares que son tan extendidos que los hacen parecer verdad.
Como alguna vez he comentado: la voluntad del ser humano es tan fuerte que tratar de doblegarla sería tan difícil que, de poderse conseguir, el esfuerzo sería tal, que el esfuerzo empleado la haría ser NO rentable. En el tiempo dedicado a vender una unidad a alguien que no quiere, podríamos vender miles a aquellos que sí que quieren y les atrae el producto.
El neuromarketing y cualquier otra área del marketing tiene como objetivo acercar productos a sus potenciales consumidores. No convertir en consumidores a quienes ni quieren nuestros productos, ni nos necesitan. Cosa que no tiene ningún sentido. Pues, como acabo de comentar, si el cliente no quiere comprar lo mejor para el vendedor es interesarse por no venderle.
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Todos, tanto los que nos dedicamos al marketing como los que no, hemos oído hablar alguna vez de publicidad subliminal.
Spots publicitarios en los que, supuestamente, se introducen mensajes que el espectador percibe de manera inconsciente y que le invitan a consumir un determinado producto. El comprador consume estos artículos y nunca llega a tomar conciencia de qué o quién le ha incitado a ello.
La publicidad subliminal está en boca de todos desde los años sesenta. Incluso hay quien confunde el neuromarketing con este tipo de publicidad o con estudios de cómo conseguirlo.
Nada más lejos de la realidad. El neuromarketing no estudia la publicidad subliminal, entre otras cosas, porque este tipo de publicidad no existe, es un mito.
En los años 60, J. McDonald Vicary dijo haber introducido, de forma subliminal, las frases "come palomitas" y "bebe Coca-Cola" durante la emisión de una película. Según lo publicado, aumentaron las ventas de ambos productos durante la emisión. Casi un 20% la de palomitas y más de un 50% las del refresco decían.
El impacto de esta noticia fue tal que el gobierno de los Estados Unidos prohibió esta práctica. Incluso en España está prohibida por la Ley General de Publicidad.
En 1962 el propio McDonald reconoció que todo había sido un montaje y que los datos mostrados fueron una manipulación. Eran falsos. Nunca insertó esos mensajes en la emisión del filme. Pero la leyenda corrió a tal velocidad que la realidad pasó desapercibida.
Cierto es que, a día de hoy, nadie ha demostrado que no se pueda conseguir un aumento de consumo con publicidad subliminal. Pero tampoco se ha demostrado lo contrario. Es decir, no tenemos una demostración científica de que la publicidad subliminal funcione. Pero tampoco tenemos una empírica. O sea, que en los experimentos llevados a cabo y publicados hasta el momento, en ninguno se ha demostrado que introduciendo mensajes subliminales aumente el consumo.
Lo que sí que es cierto es que mucha gente piensa que es posible, incluso que las marcas lo emplean. Ignorando que, incluso a pesar de no estar demostrado su efecto, la ley prohibe explicitamente este tipo de prácticas.
Y es que una cosa es tratar de enviar un mensaje subliminal. Y otra muy distinta es que sea percibido, aunque sea incoscientemente. Y mucho menos que se pueda alterar la conducta de un individuo por este tipo de mensajes.
La realidad es que la publicidad subliminal es uno más de esos mitos y leyendas populares que son tan extendidos que los hacen parecer verdad.
Como alguna vez he comentado: la voluntad del ser humano es tan fuerte que tratar de doblegarla sería tan difícil que, de poderse conseguir, el esfuerzo sería tal, que el esfuerzo empleado la haría ser NO rentable. En el tiempo dedicado a vender una unidad a alguien que no quiere, podríamos vender miles a aquellos que sí que quieren y les atrae el producto.
El neuromarketing y cualquier otra área del marketing tiene como objetivo acercar productos a sus potenciales consumidores. No convertir en consumidores a quienes ni quieren nuestros productos, ni nos necesitan. Cosa que no tiene ningún sentido. Pues, como acabo de comentar, si el cliente no quiere comprar lo mejor para el vendedor es interesarse por no venderle.
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miércoles, 13 de febrero de 2013
Neuromarketing y la felicidad
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La felicidad: Algo que ansiamos desde que el hombre es hombre. Felicidad: Algo que el diccionario sabe definir, pero no tanto los neurocientíficos.
Independientemente de que sepamos definirlo a nivel neurológico o no, lo que sí que está claro es que la felicidad es algo ansiado. Todo el mundo quiere ser feliz. También es algo escaso. Todo el mundo quiere, pero pocos llegan a serlo. Es más, hasta se cuestiona que quien se declara feliz realmente lo sea. Pues hay quien sostiene que la felicidad plena no existe, lo que dota a la felicidad de un halo de misterio.
En estos tiempos en los que vivimos en los que el contenido de cada informativo parece alejarnos un poco más de lo que creemos es ser feliz, la felicidad es algo aún más deseado si cabe.
Las marcas lo saben y algunas, como Coca-Cola, muy acertadamente se han convertido en auténticas embajadoras de la felicidad. Así mientras alinea sus valores con los de tan preciado estado, de paso consigue reforzar dos valores que comparte: misteriosa y agradable.
Y es que para que tu marca, tu producto, tu empresa se convierta en deseada no es necesario que se asocie con ser feliz. Entre otras cosas porque te resultará difícil desbancar de ese puesto a la popular marca de refrescos.
No hay cosa que a nuestro cerebro le guste más que algo que todo el mundo considera es agradable (aunque tú creas que no). Bueno sí, sí que lo hay: algo escaso. Porque si lo tienes te hace sentir exclusivo. Si hay muchas plazas libres al consultar la disponibilidad de un vuelo no pasa nada. Si de pronto quedan pocas, entonces un asiento se convierte en algo valorado. ¿Por qué el oro vale lo que vale?
Sin embargo, me veo obligado a corregir mi última afirmación sobre "los gustos" de nuestro cerebro. Si que hay algo que a este le atraiga más que algo agradable o algo escaso o exclusivo: un misterio. Es superior a nosotros, somos descubridores innatos. Nos encanta el misterio. Pero los misterios sin resolver. Cuando los resolvemos pierden todo su interés. Si mañana descubriésemos qué pasa en el Triángulo de las Bermudas, desaparecerían menos barcos y menos personas, pues la mayoría son mitos que nos gusta generar para darle más misterio al asunto.
Se dan pues, en la felicidad, todos los factores para que algo sea muy preciado: Es ansiada y escasa, lo que la convierte en exclusiva. Pero también agradable y misteriosa (algunos dicen que es inalcanzable o que no existe). Cualquier cosa que consiga reunir esos factores, llámese felicidad o llámese marca, se convierte en cosa altamente valorada.
Quizás ahora, después de estos factores entendamos por qué Coca-Cola sigue teniendo tanto éxito. Han pasado más de cien años y sigue funcionando. ¿Cómo es esto posible? Si los tiempos han cambiado, el contexto ha cambiado, el conocimiento ha cambiado, y siguen en lo más alto.
Han cambiado muchas cosas, pero nunca ha abandonado la exclusividad (ninguna sabe igual), lo que la hace ansiada. Todo el mundo piensa que es agradable beberla, así que nos sentimos valorados cuando nos ven con la marca roja en la mano, aunque nos guste más la Pepsi. Y lo que ya la hace estar en el Top 1 es que es misteriosa. Pues nadie excepto dos personas conocen cómo está hecha... O eso nos hacen creer.
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La felicidad: Algo que ansiamos desde que el hombre es hombre. Felicidad: Algo que el diccionario sabe definir, pero no tanto los neurocientíficos.
Independientemente de que sepamos definirlo a nivel neurológico o no, lo que sí que está claro es que la felicidad es algo ansiado. Todo el mundo quiere ser feliz. También es algo escaso. Todo el mundo quiere, pero pocos llegan a serlo. Es más, hasta se cuestiona que quien se declara feliz realmente lo sea. Pues hay quien sostiene que la felicidad plena no existe, lo que dota a la felicidad de un halo de misterio.
En estos tiempos en los que vivimos en los que el contenido de cada informativo parece alejarnos un poco más de lo que creemos es ser feliz, la felicidad es algo aún más deseado si cabe.
Las marcas lo saben y algunas, como Coca-Cola, muy acertadamente se han convertido en auténticas embajadoras de la felicidad. Así mientras alinea sus valores con los de tan preciado estado, de paso consigue reforzar dos valores que comparte: misteriosa y agradable.
Y es que para que tu marca, tu producto, tu empresa se convierta en deseada no es necesario que se asocie con ser feliz. Entre otras cosas porque te resultará difícil desbancar de ese puesto a la popular marca de refrescos.
No hay cosa que a nuestro cerebro le guste más que algo que todo el mundo considera es agradable (aunque tú creas que no). Bueno sí, sí que lo hay: algo escaso. Porque si lo tienes te hace sentir exclusivo. Si hay muchas plazas libres al consultar la disponibilidad de un vuelo no pasa nada. Si de pronto quedan pocas, entonces un asiento se convierte en algo valorado. ¿Por qué el oro vale lo que vale?
Sin embargo, me veo obligado a corregir mi última afirmación sobre "los gustos" de nuestro cerebro. Si que hay algo que a este le atraiga más que algo agradable o algo escaso o exclusivo: un misterio. Es superior a nosotros, somos descubridores innatos. Nos encanta el misterio. Pero los misterios sin resolver. Cuando los resolvemos pierden todo su interés. Si mañana descubriésemos qué pasa en el Triángulo de las Bermudas, desaparecerían menos barcos y menos personas, pues la mayoría son mitos que nos gusta generar para darle más misterio al asunto.
Se dan pues, en la felicidad, todos los factores para que algo sea muy preciado: Es ansiada y escasa, lo que la convierte en exclusiva. Pero también agradable y misteriosa (algunos dicen que es inalcanzable o que no existe). Cualquier cosa que consiga reunir esos factores, llámese felicidad o llámese marca, se convierte en cosa altamente valorada.
Quizás ahora, después de estos factores entendamos por qué Coca-Cola sigue teniendo tanto éxito. Han pasado más de cien años y sigue funcionando. ¿Cómo es esto posible? Si los tiempos han cambiado, el contexto ha cambiado, el conocimiento ha cambiado, y siguen en lo más alto.
Han cambiado muchas cosas, pero nunca ha abandonado la exclusividad (ninguna sabe igual), lo que la hace ansiada. Todo el mundo piensa que es agradable beberla, así que nos sentimos valorados cuando nos ven con la marca roja en la mano, aunque nos guste más la Pepsi. Y lo que ya la hace estar en el Top 1 es que es misteriosa. Pues nadie excepto dos personas conocen cómo está hecha... O eso nos hacen creer.
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miércoles, 30 de enero de 2013
¿Dónde está el límite de la emoción?
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Hace ya varias quincenas que vengo dedicando casi todos los posts a hablar de emociones. En las marcas, en las empresas, en las Experiencias Corporativas, ...
Las emociones son el lenguaje del ser humano. A través de ellas nos relacionamos. El lenguaje, el tacto, las miradas, no son más que formas de expresar y comunicar las emociones que sentimos en nuestro interior. En el interior de nuestro cerebro, claro. Aunque a veces parezca que residen en nuestro vientre en forma de mariposas, realmente están en lo más alto de nuestro cuerpo. Igual que necesitamos los sentidos para percibir emociones, también los necesitamos para expresarlas. Pero también nuestro cerebro se ve en la necesidad de comunicárnosla a nosotros mismos. Apareciendo, así, poéticas mariposas, sudoración o, incluso, temblor.
Respirar, amar, hablar, actos maravillosos y a la vez comunes y corrientes. Tan naturales, comunes y corrientes como: Comprar.
Las empresas necesitan de la relación con sus clientes para subsistir. Una empresa sin clientes puede ser muchas cosas, pero no puede llamarse así: Empresa. Para que haya comunicación efectiva, es necesario que las partes entiendan el mismo lenguaje. Es por eso que las empresas están "obligadas" a usar las emociones para comunicarse con su mercado. Porque es el lenguaje de quienes lo conforman: los seres humanos.
Pero en esta vorágine de emociones hay que tener cuidado con la saturación. Para aquellos a los que nos encantan las colonias, entrar en una perfumería es una experiencia de lo más agradable. Antes de cruzar la puerta ya estamos disfrutando de lo que vamos a oler. No sabemos qué perfume probaremos. Ni siquiera la forma o el color del tarro. Pero ya disfrutamos imaginando aromas.
El problema viene cuando hemos olido tantas que nuestro sentido del olfato se satura. Ya no huele nada, o no como al principio. Hay que esperar un tiempo a que dicha saturación desaparezca. Un descanso para que ese embotamiento se vaya.
Las empresas deben emocionar, las marcas también, las Experiencias Corporativas se diseñan pensando en evocar emociones en el cliente, es así. Pero lo que no hay que hacer es saturar.
Como cada persona, cada cerebro, es un mundo, tenemos que intentar evocar emociones por diferentes sentidos. Pero si en nuestro afán por hacer revivir las emociones que se encuentran latentes en el cerebro de nuestro cliente pecamos por exceso, entonces no conseguiremos nada. Emocionar con la marca sí, con la Experiencia también, con todo, pero sin llegar a saturar. Porque entonces, igual que ocurre con nuestro olfato en las perfumerías, saturamos emocionalmente a nuestro consumidor. Se va toda la Experiencia Corporativa al traste.
La saturación de emociones bloquea. Justo lo contrario a lo que queremos que haga nuestro cliente en el punto de venta. Bloquearse es sinónimo de no hacer nada, tampoco comprar.
En el término medio está la virtud que dice el sabio refranero español. Pero ¿Dónde está el término medio? ¿Cómo fijarlo objetivamente? ¿Cómo saber diseñando una Experiencia Corporativa dónde está el límite y dónde el término medio para no saturar? Preguntas para las que aún no tenemos respuesta. Ni las neurociencias ni, por tanto, el neuromarketing las han encontrado aún.
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Hace ya varias quincenas que vengo dedicando casi todos los posts a hablar de emociones. En las marcas, en las empresas, en las Experiencias Corporativas, ...
Las emociones son el lenguaje del ser humano. A través de ellas nos relacionamos. El lenguaje, el tacto, las miradas, no son más que formas de expresar y comunicar las emociones que sentimos en nuestro interior. En el interior de nuestro cerebro, claro. Aunque a veces parezca que residen en nuestro vientre en forma de mariposas, realmente están en lo más alto de nuestro cuerpo. Igual que necesitamos los sentidos para percibir emociones, también los necesitamos para expresarlas. Pero también nuestro cerebro se ve en la necesidad de comunicárnosla a nosotros mismos. Apareciendo, así, poéticas mariposas, sudoración o, incluso, temblor.
Respirar, amar, hablar, actos maravillosos y a la vez comunes y corrientes. Tan naturales, comunes y corrientes como: Comprar.
Las empresas necesitan de la relación con sus clientes para subsistir. Una empresa sin clientes puede ser muchas cosas, pero no puede llamarse así: Empresa. Para que haya comunicación efectiva, es necesario que las partes entiendan el mismo lenguaje. Es por eso que las empresas están "obligadas" a usar las emociones para comunicarse con su mercado. Porque es el lenguaje de quienes lo conforman: los seres humanos.
Pero en esta vorágine de emociones hay que tener cuidado con la saturación. Para aquellos a los que nos encantan las colonias, entrar en una perfumería es una experiencia de lo más agradable. Antes de cruzar la puerta ya estamos disfrutando de lo que vamos a oler. No sabemos qué perfume probaremos. Ni siquiera la forma o el color del tarro. Pero ya disfrutamos imaginando aromas.
El problema viene cuando hemos olido tantas que nuestro sentido del olfato se satura. Ya no huele nada, o no como al principio. Hay que esperar un tiempo a que dicha saturación desaparezca. Un descanso para que ese embotamiento se vaya.
Las empresas deben emocionar, las marcas también, las Experiencias Corporativas se diseñan pensando en evocar emociones en el cliente, es así. Pero lo que no hay que hacer es saturar.
Como cada persona, cada cerebro, es un mundo, tenemos que intentar evocar emociones por diferentes sentidos. Pero si en nuestro afán por hacer revivir las emociones que se encuentran latentes en el cerebro de nuestro cliente pecamos por exceso, entonces no conseguiremos nada. Emocionar con la marca sí, con la Experiencia también, con todo, pero sin llegar a saturar. Porque entonces, igual que ocurre con nuestro olfato en las perfumerías, saturamos emocionalmente a nuestro consumidor. Se va toda la Experiencia Corporativa al traste.
La saturación de emociones bloquea. Justo lo contrario a lo que queremos que haga nuestro cliente en el punto de venta. Bloquearse es sinónimo de no hacer nada, tampoco comprar.
En el término medio está la virtud que dice el sabio refranero español. Pero ¿Dónde está el término medio? ¿Cómo fijarlo objetivamente? ¿Cómo saber diseñando una Experiencia Corporativa dónde está el límite y dónde el término medio para no saturar? Preguntas para las que aún no tenemos respuesta. Ni las neurociencias ni, por tanto, el neuromarketing las han encontrado aún.
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miércoles, 16 de enero de 2013
Por qué es importante la mal llamada Experiencia de Compra
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No paramos de escuchar lo importante que es lo que algunos llaman "Experiencia de Compra". Término, por otra parte, que me parece inexacto como he comentado alguna vez. Pero, ¿es esta importancia real? O se trata de otra de esas modas pasajeras.
Tal y como hice en su momento con el branding en: "Por qué las marcas deben emocionar", trataré de aclarar por qué lo que vive el cliente es tan importante.
Hablamos de experiencia cuando nos referimos a lo que el cliente percibe, siente cuando consume o va a consumir un producto. Y también después de haberlo adquirido. O sea, cuando tiene la necesidad de adquirir un artículo, cuando lo busca, cuando lo encuentra, cuando lo compra, cuando lo usa y cuando ya no le sirve.
Al llegar a nosotros un recuerdo estamos reviviendo una sensación, una experiencia pasada. Decimos que es bueno o malo si fue positiva o negativa la vivencia. La compra no es más que otro acto más de nuestra vida cotidiana. Luego una marca (o un producto) nos parecerá mejor si lo asociamos a vivencias positivas.
El inconveniente es que las sensaciones son particulares de cada individuo. Nuestro cerebro es el encargado de transformar el medio que nos rodea en experiencias y en sensaciones. Cada uno de nosotros construimos nuestra propia realidad. Lo que para mi puede ser una experiencia agradable para otro puede que no tanto. Incluso cuando ambos hemos vivido la misma situación a la vez.
Entonces... ¿Cómo podemos construir una experiencia agradable para que nuestro cliente la asocie a nosotros? En primer lugar teniendo en cuenta a quién va dirigida. Al target. Y desde un punto de vista demográfico, sí. Pero también desde un punto de vista psicológico.
Una vez sabemos quién vivirá esa experiencia que diseñamos, es cuestión de probabilidad. Me explico. Como dije anteriormente recordamos sensaciones y sentimientos que vienen a nosotros rápidamente cuando los sentidos las evocan. Nos acordamos de nuestra niñez al oler un aroma presente en nuestra infancia. Luego para crear una buena experiencia hay que llegar a través de los sentidos. ¿De cuál? De todos. Porque el aroma que a mi me recuerda a mi niñez a otro puede no evocarle nada. Pero sí un determinado sabor, por ejemplo. Por eso digo que es una cuestión de probabilidad. Y si evocamos a la vez la misma sensación a través de varios sentidos diferentes, pues mucho mejor.
Pero lo que el cliente vive no se limita solo al proceso de compra. Por eso no me parece acertado llamarlo "Experiencia de Compra". Porque puede hacer pensar que la vivencia del cliente empieza y termina en ese acto. Y no es así. El cliente asociará recuerdos a nuestro producto antes, durante y después de adquirirlo.
La mejor manera de transmitir algo es mostrar lo que uno vive. Luego el término "Experiencia de Cliente" tampoco me parece preciso. Pues toda la empresa tiene que vivir la experiencia para transmitirla. No es algo reservado a los que compran. También a los que venden.
A mi me gusta usar el término: Experiencia Corporativa. Porque son vivencias que se asocian a todo lo relacionado con la empresa (cliente, empleados, productos, ...). El término "corporativo" incluye al cliente. Pues es la razón de ser y el centro de la corporación.
Así que podemos decir que tendremos un mal recuerdo de un producto, de una marca, si su Experiencia Corporativa nos ha hecho asociarla a una mala sensación y viceversa. Es, por tanto, importante en la primera venta, pero también en las futuras. Es clave para la ansiada fidelización.
¿Por qué es importante entonces la Experiencia Corporativa? Porque si la hemos diseñado e implantado correctamente nos ayudará a vender y fidelizar. Porque gracias a ella asociaremos nuestro producto, nuestra marca a sensaciones que nos ayudarán a estar bien posicionados en la mente del consumidor.
¿Seguimos hablando en Twitter?: @joseruizpardo
No paramos de escuchar lo importante que es lo que algunos llaman "Experiencia de Compra". Término, por otra parte, que me parece inexacto como he comentado alguna vez. Pero, ¿es esta importancia real? O se trata de otra de esas modas pasajeras.
Tal y como hice en su momento con el branding en: "Por qué las marcas deben emocionar", trataré de aclarar por qué lo que vive el cliente es tan importante.
Hablamos de experiencia cuando nos referimos a lo que el cliente percibe, siente cuando consume o va a consumir un producto. Y también después de haberlo adquirido. O sea, cuando tiene la necesidad de adquirir un artículo, cuando lo busca, cuando lo encuentra, cuando lo compra, cuando lo usa y cuando ya no le sirve.
Al llegar a nosotros un recuerdo estamos reviviendo una sensación, una experiencia pasada. Decimos que es bueno o malo si fue positiva o negativa la vivencia. La compra no es más que otro acto más de nuestra vida cotidiana. Luego una marca (o un producto) nos parecerá mejor si lo asociamos a vivencias positivas.
El inconveniente es que las sensaciones son particulares de cada individuo. Nuestro cerebro es el encargado de transformar el medio que nos rodea en experiencias y en sensaciones. Cada uno de nosotros construimos nuestra propia realidad. Lo que para mi puede ser una experiencia agradable para otro puede que no tanto. Incluso cuando ambos hemos vivido la misma situación a la vez.
Entonces... ¿Cómo podemos construir una experiencia agradable para que nuestro cliente la asocie a nosotros? En primer lugar teniendo en cuenta a quién va dirigida. Al target. Y desde un punto de vista demográfico, sí. Pero también desde un punto de vista psicológico.
Una vez sabemos quién vivirá esa experiencia que diseñamos, es cuestión de probabilidad. Me explico. Como dije anteriormente recordamos sensaciones y sentimientos que vienen a nosotros rápidamente cuando los sentidos las evocan. Nos acordamos de nuestra niñez al oler un aroma presente en nuestra infancia. Luego para crear una buena experiencia hay que llegar a través de los sentidos. ¿De cuál? De todos. Porque el aroma que a mi me recuerda a mi niñez a otro puede no evocarle nada. Pero sí un determinado sabor, por ejemplo. Por eso digo que es una cuestión de probabilidad. Y si evocamos a la vez la misma sensación a través de varios sentidos diferentes, pues mucho mejor.
Pero lo que el cliente vive no se limita solo al proceso de compra. Por eso no me parece acertado llamarlo "Experiencia de Compra". Porque puede hacer pensar que la vivencia del cliente empieza y termina en ese acto. Y no es así. El cliente asociará recuerdos a nuestro producto antes, durante y después de adquirirlo.
La mejor manera de transmitir algo es mostrar lo que uno vive. Luego el término "Experiencia de Cliente" tampoco me parece preciso. Pues toda la empresa tiene que vivir la experiencia para transmitirla. No es algo reservado a los que compran. También a los que venden.
A mi me gusta usar el término: Experiencia Corporativa. Porque son vivencias que se asocian a todo lo relacionado con la empresa (cliente, empleados, productos, ...). El término "corporativo" incluye al cliente. Pues es la razón de ser y el centro de la corporación.
Así que podemos decir que tendremos un mal recuerdo de un producto, de una marca, si su Experiencia Corporativa nos ha hecho asociarla a una mala sensación y viceversa. Es, por tanto, importante en la primera venta, pero también en las futuras. Es clave para la ansiada fidelización.
¿Por qué es importante entonces la Experiencia Corporativa? Porque si la hemos diseñado e implantado correctamente nos ayudará a vender y fidelizar. Porque gracias a ella asociaremos nuestro producto, nuestra marca a sensaciones que nos ayudarán a estar bien posicionados en la mente del consumidor.
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miércoles, 2 de enero de 2013
Neuromarketing y el valor del dinero
English version, please, press here
La mayoría de la gente piensa que un euro siempre es un euro. O un dolar, un dolar. O un Peso un Peso. Cierto es que el euro que empleamos en un kiosco es exactamente el mismo con el que pagamos en la gasolinera. Pero no valen lo mismo. Ambos tienen el mismo poder adquisitivo, pero no el mismo valor.
Pongamos un ejemplo. Un diamante de 30 euros comprado en la sección de joyería del Carrefour, puede que tenga el mismo coste que otro exactamente igual comprado en Tiffanys. Pero no tiene el mismo valor. Seguramente que el segundo, aún siendo el mismo, será recibido de un modo diferente solo por tener el sello de la conocida marca. Si hablamos de joyas, no vale lo mismo un euro en Tifannys que en Carrefour.
Y como este ejemplo podría poner muchísimos que se dan día a día en todos los sectores. El poder adquisitivo está sujeto a reglas y condiciones. El valor del dinero está en la mente del mercado.
¿Qué factores influyen en el valor de un producto?. Son muchos, pero comentaré los más importantes.
Siempre que no se trate de los de primera necesidad, no compramos productos. Compramos cosas para que nuestro entorno las disfrute y así sentirnos mejor. Sí, he dicho nuestro entorno, no solo nosotros mismos. Cuando compras una camisa lo haces pensando en estar guapo para gente que, muchas veces, ni siquiera conoces. Lo mismo hace una chica cuando compra un vestido. Pero no es lo mismo un vestido de un diseñador importante que uno de Zara. Socialmente nos da más valor llevar un cocodrilo, un caballo u otros animales en el pecho. La marca, elemento principal de la Experiencia Corporativa, influye en el valor del producto porque indica un status social.
El estado de ánimo también es otro elemento clave en el valor de un artículo. Hay días que no nos gusta nada. Otros en los que nos gusta todo, y otros en los que pasamos por delante de lo que vamos buscando y ni lo vemos. No podemos controlar el ánimo de nuestros clientes. Pero sí podemos favorecer que dentro de nuestras instalaciones tengan un día bueno. Por eso, jugar con los colores, música, iluminación y aroma de nuestro establecimiento es tan importante. Y también por eso, me gusta englobar todos esos elementos junto a la marca en lo que llamo Experiencia Corporativa.
El tiempo también es esencial. Los artículos pierden o ganan valor según el comprador tenga más o menos prisa. La música, los colores y el aroma son elementos de la Experiencia Corporativa que pueden ayudar a "acelerar" o "ralentizar" las compras de los consumidores. También el trato del personal a los clientes y a los mismos productos.
Que el comprador venga solo o acompañado, también influye. Cuando compramos acompañados, estamos contrastando continuamente el valor social del que hablaba al principio. Por eso el típico vendedor o vendedora que dice a todos los clientes que le queda bien todo aquello que se pone cada vez son menos valorados. El cliente no quiere oír piropos, quiere contrastar si será capaz de provocar la reacción que, de momento, solo vive en su mente.
Para controlar todos estos factores, como ya he ido avanzando, es imprescindible gestionar correctamente la Experiencia Corporativa. Además de los elementos ya descritos, esta se compone de otros, como: el cliente, la marca personal, la gestión de errores y los canales on y off line, entre otros. Vender y fidelizar implica que el cliente tenga más percepción de valor en nuestros productos y servicios que en los de la competencia. La Experiencia Corporativa es la herramienta que nos ayudará a lograrlo.
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La mayoría de la gente piensa que un euro siempre es un euro. O un dolar, un dolar. O un Peso un Peso. Cierto es que el euro que empleamos en un kiosco es exactamente el mismo con el que pagamos en la gasolinera. Pero no valen lo mismo. Ambos tienen el mismo poder adquisitivo, pero no el mismo valor.
Pongamos un ejemplo. Un diamante de 30 euros comprado en la sección de joyería del Carrefour, puede que tenga el mismo coste que otro exactamente igual comprado en Tiffanys. Pero no tiene el mismo valor. Seguramente que el segundo, aún siendo el mismo, será recibido de un modo diferente solo por tener el sello de la conocida marca. Si hablamos de joyas, no vale lo mismo un euro en Tifannys que en Carrefour.
Y como este ejemplo podría poner muchísimos que se dan día a día en todos los sectores. El poder adquisitivo está sujeto a reglas y condiciones. El valor del dinero está en la mente del mercado.
¿Qué factores influyen en el valor de un producto?. Son muchos, pero comentaré los más importantes.
Siempre que no se trate de los de primera necesidad, no compramos productos. Compramos cosas para que nuestro entorno las disfrute y así sentirnos mejor. Sí, he dicho nuestro entorno, no solo nosotros mismos. Cuando compras una camisa lo haces pensando en estar guapo para gente que, muchas veces, ni siquiera conoces. Lo mismo hace una chica cuando compra un vestido. Pero no es lo mismo un vestido de un diseñador importante que uno de Zara. Socialmente nos da más valor llevar un cocodrilo, un caballo u otros animales en el pecho. La marca, elemento principal de la Experiencia Corporativa, influye en el valor del producto porque indica un status social.
El estado de ánimo también es otro elemento clave en el valor de un artículo. Hay días que no nos gusta nada. Otros en los que nos gusta todo, y otros en los que pasamos por delante de lo que vamos buscando y ni lo vemos. No podemos controlar el ánimo de nuestros clientes. Pero sí podemos favorecer que dentro de nuestras instalaciones tengan un día bueno. Por eso, jugar con los colores, música, iluminación y aroma de nuestro establecimiento es tan importante. Y también por eso, me gusta englobar todos esos elementos junto a la marca en lo que llamo Experiencia Corporativa.
El tiempo también es esencial. Los artículos pierden o ganan valor según el comprador tenga más o menos prisa. La música, los colores y el aroma son elementos de la Experiencia Corporativa que pueden ayudar a "acelerar" o "ralentizar" las compras de los consumidores. También el trato del personal a los clientes y a los mismos productos.
Que el comprador venga solo o acompañado, también influye. Cuando compramos acompañados, estamos contrastando continuamente el valor social del que hablaba al principio. Por eso el típico vendedor o vendedora que dice a todos los clientes que le queda bien todo aquello que se pone cada vez son menos valorados. El cliente no quiere oír piropos, quiere contrastar si será capaz de provocar la reacción que, de momento, solo vive en su mente.
Para controlar todos estos factores, como ya he ido avanzando, es imprescindible gestionar correctamente la Experiencia Corporativa. Además de los elementos ya descritos, esta se compone de otros, como: el cliente, la marca personal, la gestión de errores y los canales on y off line, entre otros. Vender y fidelizar implica que el cliente tenga más percepción de valor en nuestros productos y servicios que en los de la competencia. La Experiencia Corporativa es la herramienta que nos ayudará a lograrlo.
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